Indefensión aprendida y la inhibición de la acción

En psicología, el fenómeno de indefensión aprendida (learned helplessness) se entiende como un estado mental por el que un organismo, al haberse visto obligado a sufrir un estímulo negativo (ya sea doloroso o desagradable), se vuelve incapaz de evitar esos mismos estímulos en posteriores ocasiones, incluso cuando estos son evitables, dado que ha aprendido que no tiene control sobre la situación

Esta condición se presentó formalmente por primera vez a finales de los 60, gracias a los experimentos de Martin Seligman con perros (1). Cada animal se colocaba en una especie de caja y se le aplicaba una serie de descargas eléctricas, precedida de una señal sonora y luminosa. De estos perros, un grupo tenía la posibilidad de evitar la descarga saltando una pequeña valla hacia una caja contigua inofensiva, mientras que otro grupo de perros no tenía manera alguna de evitar el hiriente estímulo (Figura 1).

Figura 1. Ilustración del experimento. Se representa a un perro que tenia la posibilidad de huir de la descarga eléctrica al saltar una pequeña valla. Psychology: OpenStax, p. 519, Fig 14.22.

Tras esto, se colocó cada perro en un entorno en el que todos podían evitar el estímulo con una simple acción. Se observó que aquellos perros que habían sido forzados a recibir las descargas sin poder hacer nada para evitarlo aceptaron sumisos descargas subsecuentes, a pesar de poder evitarlas, mientras que el resto de perros huyeron del "castigo" tal y como habían hecho veces anteriores.

Pocos años después, el laboratorio de Henri Laborit desarrolló estudios similares centrados en la inhibición de la acción, un estado que se da cuando comportamientos instintivos (fight-flight, p.ej.) se vuelven imposibles, cuando actuar es inútil. Para ello llevaron a cabo un experimento similar al descrito en perros pero con ratas, con el objeto de estudiar los efectos de esta inhibición en parámetros fisiológicos (2).

Las ratas fueron colocadas en un habitáculo con dos compartimentos. Durante una semana, se les administraron 10 ciclos diarios de 21 descargas eléctricas. Bajo estas condiciones, si el animal podía huir activamente (cuando el otro compartimento estaba abierto) o si a la rata se le colocaba otra rata con la que pelear, no sufría hipertensión, mientras que en aquellas ratas que no podían huir ni pelear se observó hipertensión hasta 3 meses después del experimento.

Laborit concluyó que la inhibición de la acción induce mecanismos y situaciones patológicas. El científico llevó esta idea al nivel social y humano, pues pensaba que ni la lucha ni la huida eran opciones posibles para el hombre, y que por lo tanto las personas estábamos sometidas a la inhibición de la acción todo el tiempo. La forma de escapar este estado seria mediante la agresividad, resultado de esta inhibición, y que a pesar de rara vez ser productiva, tendría un sentido a nivel nervioso. 

«Entre los humanos, las leyes sociales generalmente prohíben la violencia defensiva. El trabajador de la construcción que cada día ve a un capataz que detesta no puede golpearlo en la cara, porque alguien llamará a la policía. Entonces pelear no es una opción. Pero tampoco lo es el vuelo -huida-. No puede dimitir porque estaría desempleado y todos los días de su vida, todas las semanas del mes, todos los meses del año, a medida que pasan los años, está sujeto a la inhibición de la acción.»

Con el tiempo se ha seguido estudiando el fenómeno de la indefensión aprendida, con especial interés en humanos. Se trata de una condición que se puede desarrollar de distintas formas y en distintos grados. Tanto es así, sabemos que ha sido usada por psicólogos de la CIA para arrancar a alguien de su propia voluntad, con el objeto de sonsacar información durante terribles interrogaciones (3). 

Al mismo tiempo, de forma mucho más sutil, silenciosa y aparentemente inocua, la indefensión aprendida se desarrolla a diario en nuestras vidas, cuando somos sometidos a realizar tareas sin tener control sobre la situación. En este punto podríamos decir que la indefensión aprendida (más bien impotencia aprendida) que impera en la sociedad se expresa como una actitud apática que emana de nuestra propia convicción de que nuestras acciones no tienen el poder de afectar a nuestra situación.

El siguiente vídeo muestra un ejemplo muy ilustrativo sobre como ocurre la impotencia aprendida. En él, una profesora de psicología lleva a cabo un experimento con sus propios alumnos. Para ello, les pide que realicen una simple actividad; deben encontrar una palabra para cada uno de los anagramas que les han sido dados. No obstante, no todos los alumnos tienen las mismas palabras; una mitad (grupo 1) tiene 3 anagramas fáciles de convertir, mientras que la otra mitad (grupo 2), tiene 2 palabras no anagramáticas y tan solo la tercera palabra es un anagrama. 

Tras un breve momento, la profesora pide a los alumnos que hayan encontrado otra palabra para su anagrama levanten la mano, tras lo cual todos los alumnos del grupo 1 levantan la mano, pero ninguno del grupo 2 lo hace. Lo mismo ocurre con la segunda palabra, solo los estudiantes del grupo 1 alzan sus brazos. Después de dejar un tiempo para la tercera palabra, la profesora vuelve a pedir que los alumnos levanten su mano si han completado la tarea, y esta vez, además de la mayoría de los alumnos del grupo 1, unos pocos del grupo 2 también la levantan. Una vez finalizado el ejercicio la profesora les revela que tenían exámenes distintos; mientras que las dos primeras palabras del grupo 1 eran fácilmente resolubles, las dos primeras palabras del grupo 2 eran imposibles de resolver. Lo interesante es que, a pesar de que ambos grupos compartían la tercera palabra, solo en el grupo 1 la mayoría fueron capaces de solucionarla.

En tan solo 5 minutos la profesora había logrado inducir impotencia aprendida a los alumnos del grupo 2, los cuales confiesan haberse sentidos estúpidos, confundidos o frustrados al ver cómo la otra mitad de la clase realizaba la tarea sin problemas. 

Ahora cabría preguntarnos, cada uno, acerca de las situaciones que vivimos sobre las que no tenemos control: ¿Realmente se dan? ¿Desde cuándo vienen sucediendo? ¿Por qué ocurren? ¿Es algo malo, o en cambio es simplemente lo que debe ser? Y la inhibición de la acción, raíz de la indefensión aprendida, ¿Sucede al margen de esta última en otros aspectos de nuestra vida? ¿Sería reduccionista pensar que las personas necesitan ejercer sus comportamientos más básicos para mantener su salud?

Volviendo al experimento con perros de Seligman, quizá más interesante aún que el "descubrimiento" en sí de la indefensión aprendida sea la profundidad y severidad con la que esta se instala en el sujeto doliente. Los científicos probaron distintas estrategias para averiguar de qué manera conseguir que los perros superaran su indefensión aprendida y escaparan así de las descargas eléctricas. Los intentos con comida y otro tipo de incentivos resultaron en vano, y no fue hasta que los investigadores sacaron físicamente a los perros en dos ocasiones de la caja donde estaban siendo electrocutados que estos aprendieron que tenían la capacidad de cambiar su suerte.

Aquí debajo os comparto el vídeo que me descubrió este interesante fenómeno, donde se habla de esto y se invita a la reflexión sobre las preguntas descritas arriba. 

Otro fenómeno del que me gustaría hablar, muy relacionado con el de la indefensión aprendida, es el que en 1957 el profesor Curt P. Richter desarrolla en un artículo llamado "Sobre el fenómeno de muerte súbita en animales y hombres" ("On the Phenomenon of Sudden Death in Animals and Man"). En él se introducen las investigaciones llevadas a cabo por Walter Cannon acerca de las muertes por vudú en los aborígenes. Cannon considera que los aborígenes son supersticiosos e ignorantes hasta el punto de sentirse desconcertados en un mundo hostil, y que además poseen una fértil imaginación que llena su entorno con todo tipo de espíritus malignos capaces de afectar sus vidas desastrosamente. Habiéndose convencido de la realidad de este fenómeno, Cannon se planteó la siguiente pregunta ¿Cómo puede un estado de miedo persistente acabar con la vida del hombre? 

Para responder a esta pregunta recurrió a sus observaciones experimentales sobre la ira y el miedo en los gatos. Cannon creía que mientras que la ira está asociada con el instinto de atacar y el miedo con el de huir, ambas emociones tienen efectos similares en el cuerpo. Así, cuando cualquiera de estos instintos se despierta, las mismas partes elementales del sistema nervioso y del aparato endocrino se ponen en acción, el sistema simpático suprarrenal. Si estas poderosas emociones prevalecen, y las fuerzas corporales se movilizan por completo para la acción, y si este estado de perturbación extrema continúa en posesión incontrolada del organismo durante un período considerable, sin que ocurra la acción, pueden producirse terribles resultados. Así, según Cannon, la muerte se produciría como consecuencia del estado de shock producido por la continua efusión de adrenalina. 

Tras esta introducción, Curt se adentra a explicar las investigaciones que le han llevado a concluir la existencia en ratas de un fenómeno similar al descrito por Cannon, lo cual puede arrojar luz sobre los mecanismos subyacentes de la muerte súbita e "inexplicable" en el hombre, no solo en las culturas vudú.

En 1953 Curt y un compañero suyo se encontraban investigando acerca de las diferentes respuestas al estrés entre ratas domésticas y silvestres. Básicamente, el estudio consistía en cuantificar el tiempo que las ratas son capaces de mantenerse a flote sin ahogarse al ser colocadas en unos tarros de cristal llenos de agua de los que no podían escapar (Figura 2). El estudio se llevó a cabo con agua a diferentes temperaturas, y, tal y como se observa en la Figura 3 y como era de esperar, el tiempo de supervivencia está directamente relacionado con la temperatura del agua, siendo mayor a una temperatura de 35ºC.

Figura 2. Las ratas fueron colocadas en recipientes de vidrio llenos de agua suministrada a una temperatura controlada. El diseño de las jarras les imposibilitaba flotar y escapar.

Figura 3. El gráfico muestra el tiempo de natación medio (considerando el hundimiento como punto final) de las ratas domesticas sin condicionar en relación a la temperatura del agua. Cada media corresponde a 7 ratas.

Tras una primera ronda de experimentos con las ratas domésticas, caracterizadas por ser mansas y dóciles, los investigadores no quedaron del todo contentos con los resultados, pues observaron que existía mucha variación entre individuos. De hecho, a todas las temperaturas estudiadas, hubo ratas que murieron a los 5-10 minutos mientras que otras aguantaron hasta 81 horas. 

En base a una interesante observación durante un experimento llevado a cabo unos años atrás, Curt decidió comprobar el efecto que pudiera tener el hecho de recortar los bigotes a las ratas en este contexto. De nuevo empleando ratas domesticadas, estas fueron sometidas a un corte del vello facial y de los bigotes, tras lo cual fueron colocadas en una jarra llena de agua a 35ºC, donde la mayoría de ratas intactas (sin “afeitar”) aguantan entre 60 y 80 horas. De un total de 12 ratas, 3 murieron en menos de 5 minutos. Las otras 9 aguantaron entre 40 y 60 horas. 

Tras esta ronda de experimentos se pasó a probar con ratas silvestres, de un carácter mucho más agresivo y feroz. Se las afeitó y se las colocó en la jarra, a 35ºC. Las 34 ratas estudiadas murieron ahogadas entre 1-15 minutos.

Tras esta observación, se pensó que el hecho de recortar los bigotes, los cuales suponen una importante forma de contacto con el mundo exterior para las ratas, era lo suficientemente perturbador como para causar la muerte de las ratas. No obstante, los investigadores repararon rápidamente en que debían considerar todos los pasos involucrados desde el traslado de las ratas silvestres desde sus jaulas hasta las jarras de agua antes de sacar conclusiones. La lista de pasos o acciones que esto involucra incluye: 

  • Confinamiento en una bolsa (al liberarla de su jaula se la introduce en una bolsa) 
  • Ser sujetada en la mano del investigador 
  • Ser sujetada verticalmente (posibles reacciones vasculares) Ser afeitada Ser confinada en la jarra, sin posibilidad de escape 
  • Ser enfrentada a una nueva situación determinada por la pérdida de estimulación a través de sus bigotes Inmersión en el agua
De todos estos factores, los autores creen que los dos más importantes son: 
  • La restricción que involucra el sujetar a las ratas, lo cual elimina de golpe y totalmente cualquier esperanza de huida 
  • El confinamiento en la jarra, eliminando de nuevo cualquier posibilidad de escape y a la vez amenazando a la rata con un inminente ahogamiento
Durante los experimentos con ratas silvestres se observó que algunos de los ejemplares murieron simplemente mientras eran sujetados en la mano. Otros murieron al colocarlos en el agua directamente desde su jaula (sin ser sujetados). Cuando además se cortó los bigotes, todas las ratas silvestres murieron. Por tanto, se comprobó que el corte de los bigotes juega un papel contribuyente más que esencial.

La pregunta ahora es ¿Por qué todas las ratas silvestres -agresivas- mueren inmediatamente al dejarlas en agua tras afeitarlas, mientras que solo ocurre lo mismo en un pequeño porcentaje de casos cuando se trata de ratas domésticas -mansas- tratadas de la misma forma?

La situación a la que estas ratas se enfrentan no parece un evento que involucre la reacción lucha-huida, más bien desencadena un estado de indefensión o desesperanza, provocado bien por estar irremediablemente presas y restringidas de cualquier libertad de movimiento en las manos del investigador o bien al verse confinadas en la jarra con agua. En ambos casos se enfrentan a una situación contra la cual no tienen escapatoria. De hecho, en algunos casos se llega a observar como algunas ratas, poco después de ser sujetadas, parecen literalmente rendirse (cesan en su movimiento).

La observación principal que evidencia la idea de que el fenómeno de la muerte espontánea depende en gran medida de las reacciones emocionales a la restricción o a la inmersión es la siguiente: tras eliminar la indefensión/desesperanza, las ratas no mueren. Esto se consigue sujetando repetida y brevemente a las ratas y luego liberándolas, y sumergiéndolas en agua durante unos minutos para luego sacarlas, en varias ocasiones. De esta forma, las ratas aprenden rápidamente que la situación no es realmente irremediable o desesperada, por lo que se vuelven agresivas de nuevo, tratan de escapar y no muestran señales de darse por vencidas. Así, las ratas silvestres condicionadas nadan tanto como las domésticas o más.

Una vez descubierto este efecto los investigadores vuelven a medir el tiempo máximo de nado, pero esta vez tratan de liberar a las ratas de cualquier reacción emocional de contención o encierro exponiéndolas sucesivamente a estas situaciones y liberándolas varias veces antes. De esta manera, lograron eliminar la mayoría de las variaciones individuales y obtuvieron resultados de resistencia bastante constantes y reproducibles para ratas domesticadas y salvajes.

Volviendo a las observaciones de Cannon, ¿Cómo se pueden aplicar estos resultados a la comprensión de la muerte por vudú en el hombre? 

"Aparentemente, la víctima "deshuesada", como la rata salvaje, no está preparada para luchar o huir, sino que parece igualmente resignada a su destino: su situación le parece bastante desesperada. Por esta razón, creemos que las víctimas humanas, como nuestras ratas, bien pueden morir de forma parasimpática en lugar de simpáticoadrenal, como postuló Cannon."

Al igual que la rata salvaje, se dice que el hombre primitivo, cuando se libera del vudú, se recupera casi instantáneamente, aunque pareciera más muerto que vivo escasos momentos antes. Estas observaciones sugieren que el fenómeno de la muerte súbita es de una sola ocurrencia tanto en las ratas como en el hombre, y que puede terminar en la muerte o en la inmunidad frente a este tipo particular de muerte. 

La reflexión que saco de los experimentos de Curt es que nuestras respuestas emocionales son claves en el resultado de las diferentes situaciones en las que nos vemos involucrados, y que no solo hemos de confiar en nuestras capacidades y no perder la esperanza, sino que es importante entender en qué situación nos encontramos y por qué. ¿Nos estamos esforzando -o sencillamente soportando- por mantener algo (tal vez un castigo) a la espera de ser "liberados" o "salvados" en un futuro? ¿Y si nos han hecho creer falsamente que existe una salvación al final de un tortuoso e implantado camino solo con el objetivo de que sigamos "nadando" durante mucho tiempo para el beneficio ajeno? Es fundamental abordar cada una de nuestras acciones con preguntas como ¿Por qué hago esto? ¿Qué hay detrás de lo que hago? ¿De dónde surge esta necesidad? Y llegar al fondo de la cuestión.

No te dejes convertir en una rata dentro de un experimento. Lucha o huye, pero no dejes que te corten los bigotes y te obliguen a resistir una situación que tú no has buscado.

@thesaanman en Twitter

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