Elogio al cuerpo femenino
Sucede con frecuencia que, en presencia del cuerpo femenino, especialmente aquel de la mujer jóven, quedo maravillado y casi absorto ante su belleza, de forma que permanezco largo tiempo sin hacer más que contemplar en su totalidad esa imagen desnuda, fascinándome cada vez más a medida que la recorro.
No se trata de un deleite meramente sexual o lascivo, como en ocasiones se intenta reducir con inquina, sino que se trata en realidad de una apreciación enorme por las formas, la delicadeza, la suavidad, la lozanía y, en especial, la unicidad que manifiesta la figura femenina.
Al igual que el arte es apreciado en sus diferentes escenarios, como son los museos, los teatros o las salas de cine, el cuerpo de la mujer, que atrapa tenaz y profundamente la atención de uno, es admirado en diversos marcos; cuando camina de un lugar a otro, al ejercitarse, al darse un baño, en el fabuloso espectáculo del baile, o cuando se tiende en reposo, encomendándose al solaz.
Adquiere especial atractivo cuando se viste de elegancia. Esto es, cuando al cuerpo acompaña un exquisito vestido, suave y fino, como tratando de imitar la naturaleza de su dueña. No alcanza aun así su forma verdaderamente sublime, que no es otra que la de la mujer al desnudo, sin aditamentos, la mayor exhibición de fertilidad y el summum de la voluptuosidad.
En esos momentos de contemplación extática, en los que a uno aún le cuesta comprender la existencia de una manifestación física tan agradable y sugerente, y sin dejar ni un momento de sentirse dichoso por atestiguarlo, uno no puede sino imaginarse tocando, acariciando, estudiando de cerca, descubriendo y, en definitiva, sintiendo ese cuerpo, al cual le guarda un cuidado especial. El observador disfruta de su musa al igual que el caminante se deleita paseando a través de un florido jardín en primavera. Por supuesto, esta ensoñación es del todo más habitual e intensa cuando al cuerpo en cuestión lo acompaña la gracia y el genio de una mujer especial.
Así pues, he querido dejar constancia de la gratitud que uno siente por el mero hecho de observaros, y aún más por sentiros. Vosotras mujeres suponéis toda una exaltación de juventud y de belleza con cada despliegue de vuestro maravilloso y único porte, único por ser tan diferente del nuestro, cuya imagen y el hastío que la acompaña son gratamente reemplazados por una belleza sin igual: vuestras hermosas facciones, vuestras delicadas manos y pies, vuestra suave piel, moldeada en torno a sinuosas masas de goce, como son senos y muslos, ineludibles al contacto, o vuestra implacable mirada, que nos arrebata el sentido de un solo golpe.
@thesaanman en Twitter




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